X Domingo Ordinario Año C

La resurrección del hijo de la viuda de Naim, en nuestro evangelio de hoy, presagia la resurrección de Jesucristo y también nuestra propia resurrección.    En el Credo decimos “Creo en ….…..la resurrección del cuerpo y la vida eterna,  Amen.”

Como católicos creemos en la resurrección del cuerpo.  Jesús no dijo a la viuda – “no se preocupe”,  mientras enterraba el cuerpo de su hijo, porque  su alma iba a estar con Dios.  Los judíos no pudieron entender un alma sin cuerpo.  En cambio, Jesús dio la vida al cuerpo y al alma!  ¡Nosotros también hemos recibido de Dios la promesa no solo que nuestras almas vivirán después de nuestra muerte, pero también que el último día nuestros cuerpos estarán resucitados!  La persona humana está compuesta de alma y cuerpo – sin nuestros cuerpos estamos incompletos.    Por eso, la resurrección necesita incluir el cuerpo.    Jesús, es nuestro ejemplo,  se encarnó con alma y cuerpo humano.  El resucitó y subió al cielo con su cuerpo humano.  No podemos seguirlo al cielo sin nuestros cuerpos.

La resurrección incluye el cuerpo.  Y a veces nosotros imaginamos que el cielo también incluirá las alegrías y placeres del cuerpo, en este mundo.  ¡Algunas personas imaginan al cielo como un banquete con nuestras comidas favoritas – una fuente infinita de pan de jamón,  más delicioso que el pan que  Alberto prepara!   O un estadio donde podemos jugar nuestros deportes favoritos  sin interrupción.     Yo no sé si podre comer el pan de jamón en el cielo.    No sé si podremos jugar futbol en el cielo.   Es posible – tendremos nuestros pies y bocas y barrigas.   Pero yo sé que esto no será lo que haga el cielo más alegre de lo que es nuestra vida aquí.   La alegría, el gozo del cielo no será que podemos disfrutar los placeres del mundo.   El gozo del cielo será que estaremos con Dios, con nuestro señor – que nos ama y que nosotros amamos.    Jesús, Él mismo es la alegría específica de los cielos.   Todas las comidas, los placeres del mundo no pueden saciar al alma del hombre.  Solo Dios puede saciarla.   Solo Dios puede llenarla.    En nuestro evangelio la gente se alegra no solo por la resurrección de este hombre, sino por lo que esto significa “Dios ha visitado a su pueblo.”  Dios es la alegría de nuestra vida, y Él es la alegría de la vida eterna.

En el cielo nos uniremos con Dios y también seremos más unidos con nuestros amigos y familiares.   Los dos ejemplos en nuestras lecturas de hoy son de viudas que pierden sus únicos hijos.   En aquella época, las mujeres sin esposo y sin hijo;  no tenían a  alguien para sostenerlas.   ¡No solo que ellas estarían solas, sino también desamparadas – sin ayuda o apoyo!   Cuando nosotros perdemos un amigo  o  pariente, nos sentimos solitarios y sin apoyo en esta vida.   Pero como cristianos estamos siempre unidos a nuestros queridos difuntos en la comunión de los santos.   Cuando nosotros muramos,  podremos ayudar más a nuestros amigos  que dejamos en este mundo.   Podemos rezar uno por el otro.   Santa Teresa dijo a sus hermanitas en el Carmelo: “Voy a ser más útil en el cielo que si me quedo aquí – les enviare una lluvia de rosas”  Siempre estamos ayudados por los santos – en la resurrección seremos santos  y podremos ayudar a los otros.

Creemos en la resurrección del cuerpo y en la vida eterna.   Creemos que vamos a vivir en nuestros cuerpos, que disfrutaremos de la presencia de Dios, que podremos ayudar a los otros como los santos nos ayudan.   Esperamos las promesas de Jesús, de nuestro Padre celestial.